Últimamente se habla demasiado de absentismo pero ¿por qué no se habla de presentismo y de por qué agrava el problema que dice combatir?
Llevamos muchos meses hablando demasiado de absentismo, pero casi nunca se habla de su reverso: el presentismo. Es decir, ir a trabajar enfermo por miedo a perder el empleo, un complemento, a ser señalado o a entrar en la lista de sospechosos. Desde USO lo decimos claro: presionar contra el absentismo sin atacar sus causas no reduce el problema, lo traslada. Y el presentismo es la prueba de ello.
¿Qué es el presentismo laboral?
El presentismo es acudir al trabajo estando enfermo, no por convicción, sino por presión. Miedo a perder un plus salarial. Miedo a ser señalado como sospechoso de “faltar demasiado”. Miedo a las consecuencias de una baja médica.
Y tiene un efecto directo: enferma más, alarga las dolencias, en muchos entornos contagia a otros compañeros, y reduce la productividad real bastante más que una ausencia justificada. El problema es que este daño no aparece en ninguna cuenta de horas perdidas. No se mide. Por eso casi nunca entra en el debate público, mientras el absentismo sí ocupa titulares constantemente.
De esta forma, el riesgo no desaparece, se traslada. Es la clave para entender por qué las políticas de presión contra el absentismo no funcionan. Convierten un problema de la empresa, que son unas condiciones de trabajo que enferman, en culpa del trabajador que falta, o en sacrificio del trabajador que acude enfermo. En ambos casos, gana la misma parte: la empresa que no invierte en prevención.
Y este reparto tampoco es neutro. En sectores feminizados (cuidados, limpieza, sanidad, comercio), las ausencias son más altas por la carga física, emocional y de doble jornada que esos puestos nunca han reconocido. La lectura superficial dice “las mujeres faltan más”. La causa real es que el puesto se diseñó para un cuerpo que no es ese. Con la juventud precaria pasa algo parecido: más temporalidad, más exposición a riesgos, más siniestralidad, y encima la sospecha de falta de compromiso. La etiqueta “absentismo” deja siempre arriba la responsabilidad empresarial y abajo la culpa de quien tiene menos capacidad de defenderse.
Sí, existe el fraude. Por eso hay que nombrar bien el resto
Existe la simulación, existe quien abusa. Es minoritario, y construir todo un marco de sospecha sobre la excepción para tratar a la mayoría de las personas enfermas como si mintieran es, precisamente, lo que denunciamos. El fraude ya tiene mecanismos de control (inspección médica, vigilancia de la salud) y no hace falta estigmatizar a nadie más para combatirlo.
Y aquí va lo importante: nombrar bien el fenómeno no oculta el fraude, lo aísla. Cuando la inmensa mayoría de las ausencias se identifica como lo que es —consecuencia de unas condiciones de trabajo que dañan— y deja de mezclarse con la picaresca, el fraude residual queda visible y tratable por separado. Repetir un porcentaje de “fraude” de memoria, sin desagregar causas ni aportar datos, no es diagnóstico. Es la misma operación de siempre, con un número delante para parecer técnica.
La solución: un indicador oficial, no una cifra de la patronal
A pesar del discurso del absentismo, a día de hoy, en España no existe un indicador oficial de ausencias laborales. La única regla disponible la fabrican empresas de trabajo temporal e institutos de estudio de la patronal. Y sin embargo, sí tenemos un indicador oficial, riguroso y consensuado para algo igual de sensible: el IPC. Lo elabora el INE, con metodología pública, cesta de referencia conocida y revisión abierta a escrutinio. Nadie discute su rigor porque nadie puede maquillarlo desde dentro.
Desde USO reclamamos exactamente eso para el absentismo. No hace falta inventar nada, los datos administrativos ya existen: altas y bajas del INSS, partes de accidente en Delt@, cotización a través del Sistema RED. Solo falta voluntad para consolidarlos bajo un criterio único, público y desagregado por causa: accidente de trabajo, enfermedad profesional, enfermedad común, permisos retribuidos, huelga, formación, cuidados. Mientras todo se siga sumando en una sola cifra, cualquier titular sobre “absentismo desbocado” será una operación de bulto, no un diagnóstico.
Así, USO pide un indicador oficial que se construya por consenso, con participación de los agentes sociales en su diseño y revisión, y que lo gestionen quienes tienen la competencia legal para hacerlo con rigor: Ministerio de Trabajo, INSS, ITSS e INSST. No una patronal actuando como juez y parte.
La normativa española ya obliga a mirar hacia el lugar correcto. El artículo 14 de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales impone el deber de protección a la empresa. El artículo 15 obliga a adaptar el trabajo a la persona. El artículo 25 refuerza la protección de colectivos especialmente sensibles. La obligación de prevenir es de la empresa, no del trabajador.
Por eso USO insiste: cambiar el nombre no es una cuestión estética, es disputar la responsabilidad. Hablar de “ausencias por condiciones de trabajo” o de “índice de deterioro de las condiciones laborales” no es un eufemismo, es exigir que el dato señale a quien tiene el deber legal de actuar.
La salud no se negocia a la baja. Se protege. Y proteger empieza por llamar a las cosas por su nombre.
























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